
De lejos son iguales. Utilizan las mismas herramientas: la computadora, la máquina de escribir, el papel y la tinta. Se valen de accesorios similares: libretas de nota, grabadoras y cámaras fotográficas. Su mayor virtud: escuchan bien, observan y saben leer entre líneas. Su apariencia es la misma; a menudo descuidada, desarrapada y les falta el sueño casi siempre. Ambos tienen editores y son incomprendidos por él y, a veces, por el público que los lee. Ambos, además, a menudo son mal remunerados.
Entre ellos sólo parece haber una diferencia: uno escribe sobre hechos reales y el otro sobre ficción.
Entre ellos sólo parece haber una diferencia: uno escribe sobre hechos reales y el otro sobre ficción.
En efecto, uno es literato y el otro es periodista. Uno es autor y el otro es redactor. Uno es escritor y el otro es escribidor. Pero, ¿uno es artista y el otro no? Vamos por partes. El periodismo* tiene un surgimiento incierto. Y es que no se puede definir exactamente si el oficio (tal como lo percibimos hoy en día) abarca desde la invención de la escritura, la imprenta o la aparición de los diarios. Lo que sí se puede afirmar es que el periodismo tiene su mayor esplendor en el siglo XIX, cuando la prensa se democratiza, se hace más económica y, por los adelantos tecnológicos, llega cada vez a más gente.
Ahora bien, los periódicos de aquella época estaban ocupados íntegramente por intelectuales: científicos, literatos e historiadores. De ese modo, podríamos decir que la actual duda existencial de un informador viene justificada por varias generaciones pasadas en las que el periodista (si acaso tenía validez el término) era, en algunos casos, literalmente un artista.
Sin embargo, en 1912, las cosas cambiaron. El periodismo se institucionalizó con la primera escuela fundada en la Universidad de Columbia y desde entonces, comenzaron a surgir profesionales que se dedicaron únicamente a la labor de informar; a escribir para un diario sucesos de actualidad y de relevancia pública pero no, y de ninguna forma, a participar del mundo intelectual. Ya no parecía ser lo suyo.

Los nuevos informadores (los que ahora han conquistado el diario como suyo), por el contrario, han desarrollado a través del tiempo páginas de “actualidad”, “política”, “policiales”, “espectáculos”, “deportes”, noticias “nacionales”, “internacionales”, y todo lo que tenga que ver con hechos ajenos al mismo redactor. En ello, estos periodistas de nuevo cuño han sacrificado algunas libertades para conservar su conquista. Así, por ejemplo, en las redacciones han preferido esconderse, pasar del derecho a la firma y a la interpretación de la realidad. Han de ser, entonces, 100% objetivos, como máquinas; escáneres de la sociedad; en resumidas cuentas, operarios.

Y más aún. Ahora, los informadores están desplegando sus aspiraciones artísticas, más que nunca, en revistas periodísticas especializadas, publicaciones que se han convertido en la piedra de toque del mundo cultural (“Gatopardo”, “Caretas” o “Etiqueta Negra”) a tal punto que si uno no lee éstas o no es intelectual o no quiere saber nada de cultura.
Sin embargo, y dada la otra cara, a la par existe y seguirá existiendo la imagen de quien sólo escribe para el día, sin ninguna otras aspiración que informar, ganar una portada y dejarse leer; labor igualmente útil para la sociedad, sin duda, pero que sólo representa la punta del iceberg del potencial periodístico.
Esto no es cristianismo. Entre periodismo y arte no todos están llamados a la santidad.
*Tómese el término en el sentido noticioso. No, considerar, por tanto, la acepción que refiere a un trabajo que se hace de manera periódica, porque si fuera así, se podría prestar a la confusión el trabajo de informar con cualquiera que se dé en una publicación periódica.
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